
Escrito por John Parada
El riesgo de una involución autoritaria de nuevo cuño que viven o pueden vivir tantos países de América Latina no hay que cobrárselo a los nuevos emprendedores democráticos, sino a los viejos y clásicos demócratas incapaces de remontar el modelo clientelar, patrimonial, caudillista y redistributivo en el que se han formado y pretenden seguir utilizando como forma de legitimación, eso sí compatibilizándolo ahora con el acceso electoral al poder. Confundir nuestras democracias "inoculadas" con "la" democracia es una impostura frente a la que no cabe otro remedio que levantar la bandera y el programa de un nuevo modelo democrático.
Esto es imposible sin la generación de nuevos y numerosos liderazgos desde todos los ámbitos de nuestra vida política, económica y social. No es tarea fácil pues nuestro sistema político tradicional ha sido forjado para inhibir el liderazgo innovador igual que nuestro sistema económico tradicional ha sido forjado para inhibir el surgimiento de emprendedores competitivos.
En Chile existen no sólo condiciones objetivas sino también capacidades subjetivas para la generación de liderazgos innovadores. No es cierto que los jóvenes se desinteresen de la política, aunque sí "no están ni ahí" con la política que se les ofrece por la vía de los padrinazgos, compadreos o congresos partidistas tradicionales, lo que dista de ser un signo negativo. Si los partidos y sus desgastadas e inadecuadas coberturas ideológicas no son capaces de movilizar, no es porque la movilización social no sea posible como demuestra la experiencia de tantos esforzados emprendedores e innovadores comunitarios, empresariales, culturales y económicos. La descentralización, allí donde no ha quedado aprisionada por el patrón clientelar de la política tradicional ha demostrado su potencial para articular entornos generativos de nuevos actores y positivos emprendimientos con capacidad a veces de regenerar las viejas estructuras partidistas.
Lo que necesitamos urgentemente es una revalorización y reinvención de la política como responsabilidad compartida entre todos por la construcción y el progreso de nuestras comunidades y desde ellas de un orden internacional más justo y vivible.
Los griegos llamaban "idiota" al ausente de la ciudad, a quien se dedicaba exclusivamente a sus asuntos privados renunciando de hecho a su condición de ciudadano. Necesitamos estimular una ciudadanía activa que impulse las reformas exigidas para nuestro desarrollo democrático. Sin ella será imposible la renovación de la política. Tampoco podemos confiar sólo en los gobiernos y en la mejora de sus capacidades expertas porque lo que está en juego no es principalmente la calidad de las políticas públicas sino la necesidad de una práctica política democrática renovada. Nadie sabe muy bien cómo se hace eso, incluidos los expertos. Por eso necesitamos liderazgos que se pongan al frente de procesos de experimentación y aprendizaje social en todos los ámbitos de la existencia colectiva.
Necesitamos líderes capaces de formular visiones compartidas por audiencias cada vez más amplias, lo que exige en los líderes y sus equipos: 1.- la comprensión de los intereses a corto y largo plazo de un amplio espectro de actores sociales; 2.- una percepción afinada de los equilibrios implicados en los arreglos institucionales vigentes; 3.- conciencia suficiente de los impactos que las tendencias y fuerzas de cambio actuales y futuras pueden tener sobre la sociedad. Lo decisivo no es que la visión sea innovativa por que sí, sino que además conecte con los intereses y motivaciones de amplios sectores o audiencias.
Necesitamos liderazgos dotados de legitimidad, que es lo que permite que funcione una comunicación efectiva con las audiencias. Ello depende no tanto de las habilidades para comunicar como de haber alcanzado credibilidad. Tampoco depende de la detentación del poder (todos los líderes son detentadores actuales o potenciales del poder; pero no todos los detentadores del poder son líderes), sino de la credibilidad y confianza que inspiran, la cual no procede automáticamente de las cualidades personales, sino de un proceso de percepción de consistencia entre el discurso, las acciones y los resultados.
Necesitamos líderes capaces no de ahogar sino de enfrentar el conflicto positivamente, porque si éste no puede emerger tampoco lo hará la conciencia de los costos de mantenimiento del status quo. La democracia también es arena para la emergencia y el tratamiento civilizado del conflicto. Los líderes innovadores saben utilizar el conflicto como una oportunidad para el desarrollo y aprendizaje social. Lo hacen a través de la capacidad para convertir demandas, valores y motivaciones conflictivas en cursos de acción coherentes, que competirán en la arena política y social con otros alternativos. El cambio institucional genera conflicto no sólo entre actores sino en el seno de un mismo actor. La incertidumbre inherente a todo verdadero cambio produce ansiedad, cuyo nivel debe acompañarse con el aprendizaje de nuevas pautas y la adquisición de nuevas seguridades. Si huir del conflicto puede evitar la reforma, el conflicto descontrolado puede generar un exceso de incertidumbre que puede traducirse en el rechazo del liderazgo.
Necesitamos, en fin, liderazgos catalizadores del proceso de aprendizaje y adaptación social. La clase de liderazgo capaz de catalizar el cambio institucional se plantea cuestiones y opciones difíciles cuyo enfrentamiento no tiene respuestas preestablecidas y plantea la necesidad de iniciar procesos de aprendizaje social. La capacidad para generar y conducir estos procesos es quizás la más sobresaliente del liderazgo requerido.
Esta labor de liderar el nuevo Chile en absoluto está reservada a una élite reducida y selecta. Los líderes no nacen ni se fabrican en escuelas de lujo, sino que se hacen a sí mismos por la determinación de serlo. No hay ninguno de nosotros que en algún momento, en alguna situación, no pueda ponerse al frente y generar un proceso de aprendizaje positivo en su ámbito social. Ocupará entonces una posición de liderazgo, estará haciendo la política que necesitamos para el país y la democracia que soñamos.
De cada uno de nosotros depende hacer nacer una nueva democracia basada en este nuevo liderazgo emprendedor e innovador, y para eso debemos trabajar en conjunto y con ahínco.

























































Excelente post. No sólo comparto lo que señalas sino que además encuentro que está muy bien escrito. Felicitaciones, amigo, y sigue escribiendo para que sigamos disfruntando de tu lectura.
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Luis Eduardo Bastías - www.luchobastias.blogspot.com